Running Girl, running soul
Se me ocurrió que quería llorar todo de una vez. Es más, eso era justo lo que necesitaba. Caminé por calles conocidas, la gente me miraba un segundo, algunos más. Parece que les asusta ver lágrimas. Demasiado humano como para ir por la calle. Unos tipos arreglaban un auto. Me miraron con preocupación- yo daba la impresión de no saber adonde ir (bueno, era algo así)-uno de ellos miró detrás de mí y siguió trabajando...¿Me vienen siguiendo?. ¿ÉL me viene siguiendo?...no, deben ser ideas mías.
Pero eso era lo que deseaba.
En ese momento pensé en un cuento leído hace meses. Michael Ende. Si, el de la historia sin fin. Era sobre un muchacho que creó sus propias alas (literalmente), para liberarse de la ciudad-cárcel en la que vivía. La prueba de fuego era que no podía ver a su novia hasta el atardecer. Él lo hizo y entonces se dió cuenta de que lo había perdido todo: puesto que la prueba era desobedecer. Yo quería con toda el alma que él me desobedeciera. Que saliera de esa casa, me persiguiera, me abrazara. Que se arrepintiera, que me eligiera...
Pero creía que eso era imposible. Seguía caminando, una cuadra más y llego a la plaza. Cerca de una esquina me pregunté si realmente ese era el camino...mi sentido de orientación es famoso...sentí unos pasos que me seguían
Era él.
Y tu que hací aquí!-dije en son de reproche-.
Se abalanzó sobre mi. Me abrazó. Y no pude más. LLoré. Sollozé, más bien. Y él me sostenía. "No se que estoy haciendo, no se porque estoy aquí, pero es lo que siento" me dijo.
"Quería ir a una plaza, porque no quería que me vieras llorar", confesé.
Caminamos de la mano. Nos sentamos en el pasto.
Mi cabeza en sus piernas, las lágrimas caían, a veces llovían, otras, eran sólo rocío. Me acariciaba. Me acordé de un sueño en el que yo estaba completamente segura de su fidelidad...y se transformaron en vendaval. Él comprendió que podía empeorar, había pasado media hora.
Trató de convencerme para que dejara de llorar. Esta vez no resultó de inmediato, pero acepté. Conversamos. No estamos como pareja, pero podemos estar en contacto, hasta que tome una decisión, dijo.
Estuve de acuerdo.
Algunas de sus frases dejaban en descubierto que lo quería era terminar. Pero ni él ni yo quisimos profundizar.
Me fue a dejar al paradero, me abrazaba igual que antes, como lo hacen muchas parejas que esperan micro. Él detrás, yo delante. Sus manos en mis bolsillos, su cuerpo tan cerca del mío. Ahí comprendí el grado de su confusión. Me abrazó fuerte para que no viera que pasaba la micro que me servía. No reclamé. No nos queríamos separar. Pasó otra micro...no hicimos nada. Seguíamos abrazándonos. Aún nos queremos...pero...
Pasó la tercera micro. Nos levantamos de la banca. Me besó en la boca. Con ganas. Esto podría confundirme, pero no. El único confundido es él. Yo tengo claro que cada beso puede ser el último. La micro avanzó muy rápido y no nos pudimos despedir por la ventana...solo vi su cara triste...solo que no sabía si estaba triste por no poder despedirse...o porque no me había dicho todo...
Pero eso era lo que deseaba.
En ese momento pensé en un cuento leído hace meses. Michael Ende. Si, el de la historia sin fin. Era sobre un muchacho que creó sus propias alas (literalmente), para liberarse de la ciudad-cárcel en la que vivía. La prueba de fuego era que no podía ver a su novia hasta el atardecer. Él lo hizo y entonces se dió cuenta de que lo había perdido todo: puesto que la prueba era desobedecer. Yo quería con toda el alma que él me desobedeciera. Que saliera de esa casa, me persiguiera, me abrazara. Que se arrepintiera, que me eligiera...
Pero creía que eso era imposible. Seguía caminando, una cuadra más y llego a la plaza. Cerca de una esquina me pregunté si realmente ese era el camino...mi sentido de orientación es famoso...sentí unos pasos que me seguían
Era él.
Y tu que hací aquí!-dije en son de reproche-.
Se abalanzó sobre mi. Me abrazó. Y no pude más. LLoré. Sollozé, más bien. Y él me sostenía. "No se que estoy haciendo, no se porque estoy aquí, pero es lo que siento" me dijo.
"Quería ir a una plaza, porque no quería que me vieras llorar", confesé.
Caminamos de la mano. Nos sentamos en el pasto.
Mi cabeza en sus piernas, las lágrimas caían, a veces llovían, otras, eran sólo rocío. Me acariciaba. Me acordé de un sueño en el que yo estaba completamente segura de su fidelidad...y se transformaron en vendaval. Él comprendió que podía empeorar, había pasado media hora.
Trató de convencerme para que dejara de llorar. Esta vez no resultó de inmediato, pero acepté. Conversamos. No estamos como pareja, pero podemos estar en contacto, hasta que tome una decisión, dijo.
Estuve de acuerdo.
Algunas de sus frases dejaban en descubierto que lo quería era terminar. Pero ni él ni yo quisimos profundizar.
Me fue a dejar al paradero, me abrazaba igual que antes, como lo hacen muchas parejas que esperan micro. Él detrás, yo delante. Sus manos en mis bolsillos, su cuerpo tan cerca del mío. Ahí comprendí el grado de su confusión. Me abrazó fuerte para que no viera que pasaba la micro que me servía. No reclamé. No nos queríamos separar. Pasó otra micro...no hicimos nada. Seguíamos abrazándonos. Aún nos queremos...pero...
Pasó la tercera micro. Nos levantamos de la banca. Me besó en la boca. Con ganas. Esto podría confundirme, pero no. El único confundido es él. Yo tengo claro que cada beso puede ser el último. La micro avanzó muy rápido y no nos pudimos despedir por la ventana...solo vi su cara triste...solo que no sabía si estaba triste por no poder despedirse...o porque no me había dicho todo...


2 Comments:
keyword queen: I´d really like to give tips and suggestions, but, U can read spanish?
Wayne, thanks for your words
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